martes, 19 de noviembre de 2013

La envidia (ensayo poético)

Autor: Luis Fernando Arredondo Gómez


 
[Escrito en Granada (Antioquia) el 19 de noviembre de 2013, durante la "embajada del ocio"]




Año 2013



     Más espantoso que ver a un envidioso consumido en la hoguera negra de su destructivo afán, es experimentar ese sentimiento ignominioso de la envidia, en el que un demonio gira y gira la manivela de nuestra vida, disloca las vértebras del actuar, del vivir, del mirar y del pensar rectamente.

 
     Peor maldad que en la ira: esta locura primitiva, esta enajenación animal y homicida; existe en la envidia: esta autolaceración que provoca la alegría ajena, esta afeminada y reprochable forma de "protesta", este agónico suicidio del alma.

 
     Entre envidiosos se vuelve la vida una mascarada, donde la verdad ofende y la sinceridad propicia el acecho y la traición. Nunca podemos confundir la verdad y la sinceridad con la altanería. Mientras las dos primeras están bordadas, cual preciosas gemas, sobre el fino mantel que cubre la férrea mesa del buen trato, que necesariamente contiene silencios y compasión, la altanería es la espada de mala ley que esgrime el envidioso contra sus víctimas.



                                    



     En un pueblo de ojerizas nada mejora, nada marcha, nada gobierna, nada de nada, porque todo quéhacer, todo vivir y todo viviente son mirados por otro u otros como lo peor, y así se les presenta, así se les tacha y así se les condena, sin posibilidad de defensa. Entender, conocer y mejorar, son pecado capital aún como intentos.

 
     Entre envidias todo es objeto de burla, y la sorna es el "agua limpia" que calma la sed del envidioso. No es humor ni comedía, sino tétrica tragedia la "vida" de este enfermo. Y cuando la noche llega, pone juntos sobre la almohada, su dislocada cabeza, su máscara  sobreactuada, sus sesos entumecidos -erizados en escala de grises- y su vetusta calavera.

 
     Ningún color hay en la vida del envidioso: su existir es un martirio que va del negro cenizo y mantecoso, pasando por el gris y árido cemento, hasta llegar a la cal blanquecina y mugrienta que cubre criptas y casas abandonadas.

 
     Y pasa el envidioso por "buen maestro", por "hombre emérito", por "sabio con talento", por "santo varón", cuando la epidemia del recelo y la discriminación forman comunidad. Ignoran quienes así "viven" que sus "líderes" son aprendices del demonio y que es este quien sustenta y promueve tal antesala a todo mal. Muy necesaria es la envidia al conspirar, al maquinar y al manipular. Con sus monedas se pagan el sicario y el sepulcro de toda humana acción.



                                                                    Cíclope


     En tierra de envidiosos todo "extraño" es un cíclope, un Gulliver, un monstruo, un titán. El forastero es enemigo y plaga aborrecida. Tienen aquellos pueblerinos su entendimiento perdido y su mirar extraviado; son pasos de recuas sus caminos y sus puentes son por torrentes arrastrados. Como anhelan en su intolerancia - en su intransigencia-, la soledad y el salvajismo, el demonio los premia con el aislamiento en "islas" infestadas de bichos y pantano. Incomunicado vive el envidioso, porque todo lo mira y lo niega con recelo. Sus sentidos se atrofian, por lo cual la inmundicia en que vive lo deleita en lugar de conmoverlo.

 
     Por todo esto es preciso encontrar el antídoto de tanto mal, la vacuna que ponga fin a esa epidemia. El primer correctivo y síntoma de mejoría será cuando nuestra fortalecida razón cubra con la pomada de la vergüenza, la flemática y purulenta llaga de nuestra envidia. Que sea la vergüenza desnuda, impía, sin bautismos ni confesiones, la que queme nuestra envidia. Esa vieja severa de la vergüenza esta curtida en cloro y desinfectante, de tanto lavar y purificar cloacas. Es ella la primera medicina contra la envidia.